En abril de 2024, mujeres y niños esperaban a la sombra en Muebe, provincia mozambiqueña de Zambezia, a una brigada sanitaria móvil. UNICEF registró que, cuando el técnico Oscar llegó en motocicleta con las vacunas, las madres formaron una fila con sus tarjetas amarillas de vacunación. En una visita mensual se inmunizaba normalmente a entre 80 y 90 niños.

Sin la brigada, las familias tendrían que caminar unos 15 kilómetros hasta el centro sanitario más cercano, seis horas entre ida y vuelta. La fila bajo los árboles era más que una espera ante una ventanilla: era un orden práctico para compartir la rara ocasión en que vacunas refrigeradas llegaban a una comunidad remota, un niño y una tarjeta cada vez.