Antes de que abrieran los centros de votación el 8 de noviembre de 2015, los electores ya hacían fila ante escuelas y monasterios de todo Myanmar. The Guardian documentó colas en centros de Yangon, incluida una que hacia las 11 de la mañana todavía se prolongaba por un callejón. Las notas de campo de Human Rights Watch describen a un votante de Mandalay que se incorporó a una fila a las 6 de la mañana y esperó aproximadamente una hora. La espera no era solo por una papeleta: cada persona debía pasar por la comprobación del registro, la aplicación de tinta indeleble y el acto privado de marcar su voto.

Fueron las elecciones nacionales más ampliamente competitivas de Myanmar en veinticinco años, y la Liga Nacional para la Democracia, encabezada por Aung San Suu Kyi, obtuvo una victoria decisiva. Sin embargo, las filas visibles no representaban a todo el electorado. Muchos rohinyás y otros residentes habían perdido el derecho al voto, y las restricciones también condicionaban quién podía presentarse como candidato. Una cola larga demostraba la participación de quienes habían sido admitidos al proceso; no demostraba que el acceso fuera igualitario.

Esa diferencia es lo que vuelve históricamente reveladora a la fila electoral. Dentro de ella, personas con opciones políticas distintas compartían la misma secuencia de trámites. Fuera quedaban quienes ni siquiera tenían permitido esperar su turno. Las colas de 2015 hicieron visible la esperanza de cambio, pero también señalaron sus límites. Interpretarlas responsablemente exige observar tanto la paciencia en la entrada como las exclusiones que la entrada no podía mostrar.